Derecho y economía - Legislación

La regulación (o no regulación) de los mercados financieros

El dilema sobre si el gobierno debe regular o no los mercados financieros y la actividad económica que estos generan, es tan antiguo como los mismos mercados. Los recientes sucesos en los principales centros financieros del mundo ponen de manifiesto que no se trata de un asunto ligero. La cuestión cobra mayor relevancia a menos de un mes de una elección presidencial en los Estados Unidos, cuyo resultado podría definir el camino que seguirá esa nación en las décadas venideras.

Con miedo a pecar de simplista, podemos decir que la crisis actual se produce cuando la burbuja del mercado de bienes raíces en Estados Unidos comienza a desinflarse y los precios de las viviendas comienzan a bajar, cosa que se creía imposible, o al menos improbable, hace varios años. Como consecuencia, los que ahora tienen una hipoteca de importe superior al valor de la vivienda se ven forzados a devolver las llaves, o peor aún, se las quitan, porque evidentemente no tienen –y nunca tuvieron– la capacidad de pago para asumir una deuda superior al valor real de la propiedad. Esto provoca un efecto en cadena en los mercados secundarios que se dedican a traficar enormes agregados de estos instrumentos hipotecarios. De repente, lo que se pensaba eran instrumentos financieros de poco riesgo (porque siempre presumimos que los inmuebles no deprecian, sino que aprecian) realmente no lo son, lo que ha puesto a la economía norteamericana en jaque. Entonces, el Estado hace su aparición en el tablero económico.

Con el agua al cuello, el Congreso de Estados Unidos intervino para prevenir la crisis generalizada de confianza que sembró el pánico entre los inversionistas: rescates de bancos y aseguradoras, cuasi-nacionalizaciones, extensión del seguro de depósito a los fondos de dinero, un salvavidas de $700 billones de dólares y otras medidas que vienen en camino. Sin duda, las acciones del Congreso van dirigidas a detener el desangramiento de los mercados, a la vez que alientan la confianza de los inversionistas.

Es muy pronto para especular si estos remedios jurídicos serán suficientes y cuál será el desenlace final de esta crisis. Lo cierto es que cuando los mercados financieros estornudan, los mortales nos salpicamos. Al final del día, en juego están nuestros planes de retiro, privados o públicos, la posibilidad de financiar la compra de una residencia, la capacidad para solicitar y obtener crédito, entre muchas otras cosas. Así de sencillo. Así de complicado. Y la interrogante recurre: ¿deben regularse los mercados financieros o debemos dejarlos al arbitrio de su suerte?

La intervención del Estado en las actuaciones de las personas naturales y jurídicas siempre ha sido motivo de discusión entre académicos y profesionales del Derecho. Las posturas más conservadoras sostienen que el Estado debe regular conceptos tan íntimos como la familia y el matrimonio, pero no debe intervenir en la regulación de los mercados financieros. Según éstos, cualquier deficiencia del mercado (“market failure”) será corregida por el propio mercado. De otra parte, un creciente número de voces claman por la regulación gubernamental de los mercados financieros. Detrás de esta postura, la noción de que el Estado tiene un interés legítimo en la salud de la economía nacional, toda vez que se trata de un bien colectivo. Entre extremos, toda una gama de argumentos intermedios.

En la ciudad de Nueva York transitan miles de taxis. Entre éstos, taxis “fantasmas” de personas que se dedican a mover pasajeros, pero no están autorizados ni regulados por el Estado. La diferencia en las destrezas entre uno y otro grupo es casi imperceptible al ojo humano. No obstante, aquellos que hemos tenido la necesidad de dicho servicio, nos sentimos inclinados a tomar uno de los regulados, por fundamentos que van desde lo racional a lo irracional. En el fondo, se trata de cierto confort emocional que nos ofrece el servicio regulado sobre aquél que no lo está.

Curiosamente, en una sociedad que peca de exceso de regulación, los mercados financieros y muchos de los instrumentos que allí se trafican siguen por la libre. Algunos dirán que esa es la esencia misma de las economías de mercado. Eso es cierto hasta que el Estado tiene que romper la alcancía para salvar al capitalismo. Se trata pues, de una regulación instantánea y a la medida. Probablemente, una intervención más rigurosa no será la panacea a los problemas económicos actuales. No obstante, contribuirá a la estabilidad de los mercados financieros, y más importante aún, a la confianza de los inversionistas, domésticos e internacionales. Después de todo, en materia de economía y de taxis, la percepción es parte de la realidad.

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