Los hijos de nadie

La semana pasada fue la juramentación de nuevos abogados y abogadas, cosa que nos lleno de mucha alegría y aprovecho para nuevamente felicitar a los nuevos profesionales del derecho en nuestro país.

Muy a mi pesar, no pude asistir a la juramentación y compartir la alegría del momento, sobre todo con mis exalumnos. No obstante, como siempre ocurre, una hace la pregunta de cómo estuvo ese momento, que tal pasó el día, cómo se sintieron los nuevos abogados y abogadas y qué significado tuvo la ceremonia.

Mucha alegría, gran satisfacción, luego de muchos sacrificios y de historias, de anécdotas y de empeños.

Ahora bien, no quiero dejar pasar que no fueron pocos los que describiendome la ceremonia, aludieron a lo que -a mi modo de ver y de los que me lo comentaron- fue un asunto, como mínimo, muy penoso respecto a que en el discurso de bienvenida se hicieron excesivas menciones especiales de algunos de los juramentados por razón de parentesco, afinidad de clase, amistad personal con los jueces desde niños y niñas, etc. (Y, debo aclarar, que la mayoría de quienes me lo comentaron, no vieron con malos ojos (todo lo contrario, sino como normal) que se felicitara a la Jueza asociada por la juramentación de su hija, cosa que es de esperarse por tratrase de la alegría que una misma Jueza asociada pueda -como es natural- sentir por la ocasión).

Me refiero a las aparentemente constantes alusiones a fulanos y fulanas por ser ¨hijos de X¨, en contraposición al resto que no parecían destacarse, por ser hijos de nadie. Como mínimo doloroso, y lo digo luego de haber experimentado en carne propia o presenciado en más de una ocasión esa mala práctica de distinguir en función de abolengo o consanguinidad. Arrastramos malas prácticas, prácticas perniciosas, pero lo insostenible es que las normalicen quienes deben velar, como mínimo, por la apariencia de igualdad; es terrible, nefasto. Repito, no estuve allí y no puedo dar fe de lo dicho, pero como mínimo me gustaría llamar la atención -de manera muy sensible y sincera- al grave daño que produce esto a la institución que imparte justicia y a sus componentes (los abogados y abogadas son parte de, por supuesto). No debe ser tradición, no debe convertirse en tal, más aún, debe eliminarse de la faz de nuestra cotidianidad, sobre todo por parte de quienes representan nuestras instituciones. No debemos normalizar ni tolerar esa práctica de constantemente enfatizar el origen y abolengo de ciertos miembros en detrimento de otros, invisibilizando al resto. Con esta práctica se instauran en nuestras prácticas culturales e institucionales graves daños: (1) con esos señalamientos se hacen invisibles (con todo lo que eso conlleva) al resto que no cuentan con algún grado de  afinidad o vínculo que recalcar; (2) se pierde la apariencia de neutralidad y de que todos y todas, independiente de su origen, condición social, clase, etc. tenemos el mismo valor y vamos a ser tratados iguales; el ideal del igualitarismo está en juego; (3) se normalizan en nuestro país las distinciones por sanguinidad, origen de clase, amistad de quienes están en posiciones de poder; (3) se fomentan los malestares y las diferencias totalmente injustificadas, sembrando una barrera entre unos y otros. Veo un gran daño y peligro en que se normalice esa práctica. Lacera demasiadas cosas valiosas sin las cuales no podremos continuar y por consiguiente acrecienta nuestros problemas y mantiene las inequidades.

Pero en fin, me apesadumbró bastante lo que escuché una y otra vez, sobre todo cuando el señalamiento provenía de familiares que ni siquiera están vinculados de alguna forma con la profesión y a quienes esos comentarios les causó asombro y desilusión. Lamentablemente, se que este tipo de comentarios  (en el fondo a veces no son necesariamente conscientemente mal intencionados, sino como dije, normalizados), se multiplican en diferentes lugares y escenarios de nuestro país y mucho en nuestra profesión, incluyendo la academia (no es poco común que te pregunten ¿y tú, eres hijo de quien?).

Y bueno, la razón del post, es que hoy, a más de una semana de la juramentación, recibí esta reflexión sobre el tema, de alguien que pidió no ser revelado, por razones obvias. Aquí la pongo, consciente de que en nuestra sociedad lamentablemente este tipo de cosas es dificil expresarlas abiertamente (lo que habla muy mal de nosotros como sociedad) por miedo a represalias (no faltaba más), pero la cualgo aquí convencida de la necesidad de que -para que nuestro país mejore hacia la verdadera igualdad y hacia una democracia robusta y un sistema de derecho igualitario con instituciones verdaderamente igualitarias- hace falta que se discutan abiertamente estas cosas, lanzar la buena crítica y tan necesaria crítica y reafirmar el deseo de lograr mayores garantías de que somos individuos con libertades constitucionales. El silencio, cuando es producto del miedo, es síntoma de enfermedad perniciosa, de enfermedad terminal y, debo decir -con la mejor de las intenciones- que deseamos poder curarnos y crecer. Por eso aquí va esto:

¿Supremo desprecio?

En una recién celebrada ceremonia de juramentación de abogados y abogadas, luego de los llamados de rigor y de la consabida juramentación en masa… comenzaron los discursos. Discursos, recursos pomposos que anuncian una alegada gran labor, a pesar de la ironía de la doble vara, de la que no se habla y de la que se prohíbe hablar. Pregúntele a Juan del Pueblo, cuánto se tardan en resolver su caso y luego, a favor de quien se resuelve el mismo. Doble vara que, a fin de cuentas, hace su entrada y se adueña de todo espacio público de la judicial pero no juiciosa rama, especialmente cuando se dispone del poder de la convocatoria que implica oídos forzados y audiencia cautiva. Apropiada felicitación a la hija de una de las integrantes del Alto Foro. Sin embargo, disonante letanía de castas amigas, conocidos desde la fecundación y emparentados por el “glamour” de clase, las imágenes, los escenarios y revistas faranduleras, desde el área turística hasta las montañas.. y todo eso, en medio y ante la multitud anónima, la mayoría, la masa. Una masa que, aunque también está integrada por hijas e hijos de alguien, son parte del colectivo anónimo que se juramenta con la vara de los cánones de ética profesional y su obligación de prestar servicios pro bono, además de que, como funcionarios del tribunal, se les recuerda que deben hacer propio y defender el conveniente argumento de la independencia judicial. ¿Le aplicarán estos deberes a “los hijos e hijas de”?

¿Cómo se sentirán los cientos de padres, madres y familiares de la masa ignorada, a pesar de que con toda probabilidad fue el hijo o la hija de uno de estos quien logró la puntuación más alta de la reválida o el promedio más alto en cada una de sus escuelas de procedencia? ¿Por qué no se destacan estos? ¿Cómo se sentirán las personas que juramentaron en una ceremonia en la que, independientemente de los méritos, se destaca o distingue el vínculo familiar o de amistad con alguno de los integrantes del Supremo? Se trata después de todo de la primera ceremonia o acto oficial que abre el umbral a la práctica de una de las profesiones más nobles, la de abogado o abogada.

Desde otro punto de vista, es la bienvenida al sistema de las dos varas, la de “los hijos e hijas de” y la de los hijos e hijas de la masa. ¡Cuanta razón tenía el Ex Secretario de Justicia cuando señaló que estamos en un sistema de doble vara! Claro, no solamente para los acusados y los que buscan reivindicar sus derechos, sino también para los que se inician en la práctica de la profesión.

Es necesario reevaluar el propósito de estas ceremonias. Después de todo allá, fuera de los ojos de la masa, todos “los hijos e hijas de” tendrán su espacio de celebrar juntos, sin necesidad de establecer distinciones tan disonantes en una ceremonia en la que la mayoría es la masa. ¿Hasta cuándo debe la masa permanecer silente y sentada ante tal atropello? Otro escenario es posible. ¿Qué pasaría si la masa abandona el salón? Es probable que no hayan suficientes alguaciles para frenar la masa que un día se levante después de juramentar, abandone la ceremonia  y deje solos al Foro con “los hijos e hijas de” para que queden sus imágenes grabadas a perpetuidad en algún diario dominguero o sabatino, codiciada y planeada exposición de la “nobleza” suprema.

Érika Fontánez Torres

Érika Fontánez Torres es Catedrática de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Enseña los cursos de Derecho civil patrimonial y Teoría General del Derecho. Trabaja temas relacionados al Derecho y la Teoría Social y Política, la Sociología y la Teoría General del Derecho. Ha hecho investigación socio-jurídica aplicada a los temas de Propiedad, Género, Democracia y Medioambiente. Es abogada colaboradora de la Clínica de Asistencia Legal de la misma Escuela. Visita sus blogs Poder, Espacio y Ambiente y Observando al Derecho: Miradas desde la Teoría Social.