Derecho y economía

El gran bufete

En un artículo del NYT ayer, se reseña que los clientes de poderosos bufetes de abogados en Estados Unidos se están revelando. Los abogados “in house” de las compañías acostumbradas a pagar cantidades altísimas por servicios legales, presionados por la situación económica, están más vigilantes con sus presupuestos lo cual obliga a los bufetes a tomar medidas. El impacto se sentirá, probablemente, en las estructuras de facturación por hora (moviéndose tal vez a tarifas fijas), en reducción de reclutamiento de asociados con promesa de escalar en la jerarquía de la institución, y en la subcontratación de personal no legal para realizar tareas –costosas y que requieren mucha inversión de horas– realizadas hasta ahora por asociados. Tal vez la presión se sentirá en el estilo litigioso que estira procesos interminablemente, drenando los presupuestos de clientes… eventualmente enajenándoles.

Siempre, desde que trabajé en un bufete cuando estudiaba derecho, estas prácticas de facturación me parecieron deshonestas. Y lo que siempre me sorprendió fue la naturalidad con que la cultura legal las asumía. Es como si se tratara de la única forma de ejercer la profesión. Bueno. Es la única forma de ejercer la profesión si se quiere sostener un modelo de negocio (el del bufete grande) que no es rentable: que debe generar suficiente para sufragar un operativo de recursos humanos ineficiente; y que paga beneficios extraordinarios y produce una riqueza increíble a los socios que están en el timón a costa del trabajo incesante de una base, bien compensada, pero cuya calidad de vida sufre. Nuestra realidad económica no puede costear un modelo como éste. Y, como en toda economía capitalista (salvo con los famosos “bailouts”), el negocio que no se ajusta (y compite de acuerdo a la demanda provista por las circunstancias económicas) desaparece.

Sencillamente, el modelo de integración vertical del bufete grande (que en PR son muy pocos) deja de ser rentable cuando los costos de su operación exigen un nivel de facturación que los clientes ya no están dispuestos a pagar. El dinosaurio tendrá que reinventarse. O, como dice un entrevistado en el artículo: “They may be able to extend the time in which to change. But change they will.”

Asimismo, el impacto lo sentirán los nuevos abogados y abogadas, recién graduados de las escuelas de derecho, para quienes llegar a estos bufetes representa, a veces, un fin último con la idea de subir en 8 o 10 años dentro de la estructura institucional hasta obtener el codiciado título de “partner”. No nos equivoquemos, este grupo de jóvenes abogados es parte de nuestro mejor talento y, luego de trabajar duro en la escuela y durante toda su carrera universitaria, aspiran a alcanzar las posiciones que mejor recompensen su labor. Pero con posibilidades más limitadas de entrar, con salarios tal vez más bajos, o con menos oportunidad de convertirse en socios… ¿cómo cambiarán las aspiraciones de estos abogados? ¿les veremos en bufetes más pequeños, con prácticas de facturación más sensatas? ¿Cómo impactará la situación económica la ética de facturación y las prácticas de litigio?

Añadiendo a lo anterior, pregunto, ¿cuál será el modelo del bufete en un futuro (¿presente?) donde las tecnologías de comunicación permiten coordinar tareas entre personas dispersas por cualquier parte del país (o del mundo)? ¿Será que la estructura masiva del bufete para sostener internamente todas las dimensiones del operativo legal ya no se justifica ante la realidad económica y las posibilidades tecnológicas? ¿Será que el bufete grande (en PR, grande es cera de 100 abogados, no tanto como en EEUU) dará paso al que ya existe por décadas: uno menos masivo, más pequeño, ágil, menos costoso de sostener? ¿Será que dará paso también a la contratación ad hoc de abogados especializados para temas y casos puntuales?

Sólo el tiempo dirá. Y veremos cómo, si de alguna forma, la ecología legal puertorriqueña se verá alterada de forma trascendental por nuestra cambiante y deprimente economía.

Share