Constitucional - Teoría

ERR y los Poderes Salvajes

El colega Efrén Rivera Ramos publicó en días recientes su perceptiva columna, Poderes Salvajes, en el periódico EL Nuevo Día; con una radiografía atinada sobre el estatus crítico de algunas democracias constitucionales, incluyendo la nuestra. Con el permiso de Efrén, la reproducimos aquí en su totalidad.

Poderes Salvajes

¿En qué consiste la crisis actual de las democracias constitucionales? El destacado jurista italiano Luigi Ferrajoli ensaya una respuesta convincente en un libro recién publicado con el provocador título “Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional”.

Pensado como una reflexión sobre la situación política italiana bajo el régimen de Silvio Berlusconi, la obra rebasa las fronteras de ese país.

Aporta pistas iluminadoras para entender lo que sucede en otros, como el nuestro.

El núcleo del argumento gira en torno a la proposición de que las democracias liberales existentes enfrentan un deterioro progresivo de los valores constitucionales.

Ese proceso se manifiesta, sobre todo, en el ejercicio cada vez más acentuado de parte de los gobernantes de lo que el autor llama “poderes salvajes”. Se trata de poderes que se esgrimen sin los límites que el estado constitucional de derecho pretendía imponer a los gobiernos, bien por vía del mecanismo de la separación de poderes o por medio del establecimiento de garantías de los derechos fundamentales. Esa circunstancia, según el autor, es el resultado de una compleja madeja de factores que convergen para debilitar la democracia por arriba y por abajo.

Por arriba, es decir, desde la más alta dirigencia política, ese asalto a la democracia constitucional se refleja, entre otras cosas, en la idea del jefe como encarnación de la voluntad popular (lo que es particularmente cierto en Italia) y en una desenfocada teoría que equipara la democracia con la simple voluntad de la mayoría (o más bien del partido que gana las elecciones).

Se pretende justificar todo tipo de imposiciones al resto de la sociedad aduciendo que lo que dispone el jefe político máximo, avalado por la mayoría partidaria, constituye la voluntad del pueblo soberano, aunque con ello se vulneren derechos y principios básicos consagrados en la Constitución.

Otros factores disolventes emanados desde la cúspide del poder incluyen la confusión de intereses privados, especialmente económicos, con los poderes públicos; la identificación ilegítima del partido político con el gobierno; y el control de la información pública por los grandes consorcios económicos y por el partido mayoritario.

Desde abajo, es decir, desde la perspectiva de los gobernados, también asoman indicios antidemocráticos perturbadores.

Uno es el resultado del intento de uniformar la opinión pública, creando un pensamiento único en perjuicio de los valores del pluralismo político. Ello va acompañado de campañas para desacreditar a los discrepantes y los diferentes con el propósito de crear un “enemigo” común contra el que las “mayorías” puedan volcar sus frustraciones y prejuicios.

En esa esfera, la crisis también se materializa en una despolitización masiva de la población, a la que se induce a valorar los asuntos públicos solo en función de intereses personales.

El apoyo al partido político se gestiona, entonces, en vistas a lo que su victoria pueda representar en términos de recompensas a sus seguidores, ya sea por vía de contratos, empleos u otros beneficios de los que se excluye a los perdedores.

El interés público se disuelve en la ganancia puramente privada.

La crisis de la democracia es también una crisis de la participación política, entre cuyos ingredientes hay que contar la creciente enajenación de las burocracias de los partidos políticos de su base. Esta se convierte solo en avaladora sin criterio propio de los programas y candidatos que propone la cúpula.

A lo anterior se suma un ambiente saturado de manipulación de la información, desde el propio estado y desde los medios de comunicación principales, y una decadencia palpable de la moral pública.

Todos esos desarrollos no solo propician el ejercicio de poderes salvajes por quienes gobiernan, sino que ponen en jaque la promesa que las democracias constitucionales procuraron realizar, sobre todo después de las experiencias totalitarias del siglo XX.

Para Ferrajoli, que reflexiona a partir del recuerdo del fascismo italiano, no estamos lejos de volver a esa condición si no se reforman radicalmente los sistemas democráticos vigentes.

 

 

 

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