TSPR

En la barbería no se adjudica

Ansío una imagen del juzgador. En masculino. Leo opiniones del Supremo deseando ver grabado en la letra clara de su decisión un fruncir de ceño, el mentón apoyado en la palma de su mano reflejada en la pantalla mientras pondera un caso difícil. Y quizás es un deseo impropio. Al fin y al cabo, los jueces viven de su capacidad de abstraerse de sí mismos para adjudicar conforme a la ley y la justicia. Sus cuerpos, por tanto, son irrelevantes. Y sin embargo, su pluma frecuentemente retraza escenas de cuerpos vivos en contacto real; para nada abstraídos de su condición de vida; sumidos en la concreción del roce o la agresión, según sea el caso. Y lo cierto es que en la distinción entre roce y agresión, se les puede ir la vida a las partes envueltas. De igual forma, el cuerpo textual de la ley aplicable también quedará indeleblemente marcado por la pluma del juez, para bien o para mal de los cuerpos de otros. Y otras.

Por eso quiero verlo, sobretodo en esos casos difíciles donde el contacto entre cuerpos particulares presenta no tanto un problema con la norma y/o con la realidad en que esta opera, sino con el juzgador mismo y su capacidad de abstracción. Entre estos, podemos mencionar a Pueblo v. Flores Flores y Pueblo v. Pérez Feliciano , controversias cifradas en los cuerpos de mujeres víctimas de violencia doméstica. Acerca del efecto de las expresiones de algunos de los jueces (en masculino) sobre las mujeres como sujetos de derecho y sobre qué tipo de contacto íntimo consensual pueden sostener en determinados contextos ya se ha escrito. Y bien. De igual forma, también se ha escrito acerca de las odiosas y discriminatorias expresiones de los jueces (en masculino) en torno a las mujeres como profesionales del Derecho. Y para bien. A mí, en cambio, me interesa la figura del juzgador como “hombre” (sin pretensiones de inclusión) abstraído de la única realidad que no tiene derecho a evadir: que comparte un espacio profesional con mujeres profesionales del Derecho y que dicho espacio existe dentro de los contornos de uno mayor, que comparte a su vez con mujeres sujetos de Derecho. Y que ambos requieren más de él como sujeto y como jurista para propiciar una convivencia más justa e igualitaria.

La imagen que se me ocurre del juzgador en estos casos; esa que puedo colegir, por ejemplo, de la opinión de conformidad del Juez Kolthoff en Flores Flores o de la opinión de conformidad del Juez Martínez Torres en Pérez Feliciano, es la de mis mayores—hombres conocidos, amados—que me impartían lecciones cuando niño sobre cómo escoger mujeres perfectas para esposas, madres y amas de casa. Sin duda, ninguno de esos hombres entendería justificado ofrecerle protección “especial” a una mujer “adúltera”; como tampoco necesariamente estarían a favor de la ocupación del campo jurídico por letradas disidentes con computadoras y conexión de Internet. No obstante, intento traer a memoria su olor y siento nostalgia por lo que significaron para mí a pesar de ser unos machistas empedernidos y vivir aferrados a estructuras ideológicas de dominación las cuales me inculcaron con cariño durante años. Pienso que hay amplio espacio dentro del mundo privado de las personas para todos los a pesar de en el mundo por lo que me permito recordar a esos hombres con cierto aprecio, y sospecha. Dicho espacio, sin embargo, no debe de existir en el campo de lo jurídico. Es decir, los jueces Kolthoff y Martínez Torres, al final de la jornada, no serán buenos juristas a pesar de sus expresiones en estos casos. Al contrario, son y serán el cuerpo de sus expresiones tal cual han sido grabadas en Flores Flores y Pérez Feliciano. Vetusto. Mal oliente. Y tristemente, inamovible. Por ahora.

Es ese el cuerpo que le asigno a estos dos juzgadores en mi imaginación. Y en la lectura de sus respectivas opiniones veo como desplaza los cuerpos de las partes envueltas, agresor y víctima, para que el único contacto posible con la justicia lo sostengan ellos con el cuerpo de la norma que trastocan y reinventan a su antojo. Al menos yo lo leo así. Y les juro que escucho la voz de mis mayores cuando me aconsejaban “unas son para casarse.” A lo que Martínez Torres seguro respondería: “Las otras son minoría.”

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