Constitucional - Derechos Humanos - Familia

Controversia, Causalidad y Género

Asunto: Hombre de 58 años mató a su hijo de 8 de un balazo mientras dormía y procedió a quitarse la vida. Esto, luego de agredir a su esposa y madre del niño.
Otros detalles relevantes: La mujer es cadete de la policía. Huyó de la casa con su hijo mayor. Dejó al chiquillo durmiendo. Intentó buscar ayuda. No funcionó.
Dictamen: El hombre es un cobarde. El niño nunca tiene la culpa. La mujer es responsable por ambas víctimas.
La controversia en este caso no versa sobre los hechos materiales, sino sobre la victimología. Son tres y no son iguales. Primeramente, el niño: No merecía morir. Punto. En segundo plano, el hombre, quien no suponía morir así: cobardemente, de su propia mano, libre de un posible acto justiciero. Finalmente, la mujer, quien los sobrevive y es marcada por la victimización de ambos. Me explico.
Es fácil interpretar la matanza del niño a manos del padre agresor como una manera de castigar (ejemplarmente) a la madre. Castigarla, quizás, por lo que fuera el motivo de su ira en el momento y principalísimamente, por la presunción equivocada de que la misma no se extendería a sus hijos. Al menos no a ese. Al menos no de esa forma. De ahí que se discuta hoy acerca del buen o mal juicio de la mujer al dejar al chiquillo durmiendo y huir. Más aún, que se cuestione su decisión de mantenerse y mantener a sus hijos en el marco de una relación abusiva.
Dichos debates, cuestionamientos y críticas, en vez de contribuir a la discusión seria sobre la violencia de género, facilitan la aparición discursiva de una co-autora del delito de asesinato que debe responder por el niño en tanto debió haber prevenido la muerte del inocente a manos de un cobarde suicida. Prevenirla no solo al momento del delito, sino “desde un principio.” El problema, claro, es que es difícil precisar exactamente cuándo la vida del niño entró en peligro, o cuándo ella debió salirse de una “mala” relación, o cuándo “trabajar la relación desde adentro” la transformó en una “masoquista” o en una “mujer sin dignidad” o “con la autoestima baja” etc.
Peor aún, la ausencia del verdadero y único autor del delito agudiza este aparente afán de responsabilizar a la mujer por el carácter y las consecuencias de la relación abusiva en que se encontraba inmersa. Se podría argumentar, incluso, que el suicidio opera en este contexto como un suceso interruptor en la cadena de la causalidad. Al menos en la cadena ideológica. Es decir, si el asesinato del niño funge como castigo de la madre, el suicidio representa la absolución del padre. Al hacerlo, dicho actor puede ser casi inmediatamente despachado como cobarde o como loco, sin mayores indagaciones en torno a su responsabilidad como autor de hecho (y sujeto ideológico), mientras que la mujer queda aquí para responder por un hijo y un esposo muertos. Ahora bien, esto no implica una segunda victimización de la mujer, a ser sumada a la violencia sufrida dentro de los contornos de su relación con el difunto. Más bien se trata de la consecuencia lógica, perversa de esa cadena de causalidad que origina no de los hechos, sino del “dictamen” del caso.
Asunto: Hombre mató a su hijo para castigar a la mujer y fue absuelto.
Otros detalles relevantes: La mujer intentó buscar ayuda. No funcionó.
Dictamen: La mujer es culpable.
La controversia versa sobre la manera en que atendemos las múltiples víctimas y sus respectivas victimizaciones en esta tragedia. En particular, la única víctima aquí que es total sin ser perfecta. Imperfección que radica en no poder alegar inocencia ni cobardía. En ser simplemente una más. De las de todos los días.

(Basta ya)

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