TSPR

El Interrogador

Los zapatos de un juez son difíciles de llenar. Esa es una traducción directa del inglés que no necesariamente funciona en español, pero se entiende, ¿no? Mi escritura (al menos hasta aquí) denota cierta inseguridad con las palabras ¿o acaso me equivoco? En mi defensa, no es fácil ver el mundo desde la perspectiva de otro. Y menos si la mirada de ese otro se posa sobre los asuntos del mundo con el fin de adjudicar controversias. Por tanto, humildemente pregunto (y suplico): ¿Cómo me sitúo Sr. Juez para mirar desde usted una controversia, sobretodo cuando la misma versa sobre la manera en que usted explica su mirada? Me explico.

En su opinión mayoritaria en el caso Lozada v. AEE 2012 TSPR 50, donde el Tribunal desestimó la acción de los demandantes por falta de legitimación activa, usted justifica su decisión de la siguiente forma:

“En tiempo reciente no hemos vacilado en indicar que a “los jueces no nos puede dominar el temor a decidir”, Domínguez Castro et al. v. E.L.A. I, 178 D.P.R. 1, 15-16 (2010), incluso “aunque lo que decidamos nunca antes se haya resuelto” Trans- Oceanic Life Insurance Company v. Oracle Corporation, Op. de 24 de febrero de 2012, 2012 T.S.P.R. 34, 2012 J.T.S. 47, 184 D.P.R.__ (2012). Ahora, tenemos que añadir que la imparcialidad debe ser la piedra angular que guíe nuestros razonamientos, sin importar quiénes son las partes ni la empatía que sus planteamientos nos provoquen. Eso implica que si bien nuestras ideas y experiencias influyen en nuestro análisis al momento de adjudicar una controversia, debemos analizar los argumentos de las partes involucradas como lo haría la famosa Dama de la Justicia, con la mayor objetividad que nuestra condición humana nos permita.”*

Debo confesar que a mí sí me domina el temor a escribirle. Es un temor irresuelto, digamos. Como lo podría ser el miedo a la oscuridad. Como lo son todos, considerando que es precisamente la falta de resolución la que mantiene el temor vigente. Nótese, por ejemplo, como opté arriba por plantearle la interrogante en forma de súplica, y con humildad para colmo. Aunque, me pregunto, ¿no será la humildad una cualidad inherente a la súplica? De nuevo, el desasosiego caracteriza mi manejo del lenguaje. ¿O acaso me muestro inseguro en mi expresión con el mero propósito de simpatizarle?

Mentira. El término simpatía, tal y cómo lo acabo de emplear implica una forma de ser que otros (usted) encontrarían atractiva. Y no quiero eso. Yo lo que quiero es que usted simpatice conmigo y viceversa. Es decir, que exista una inclinación afectiva y amistosa entre personas (usted y yo). Eso, curiosamente, es lo que usted indica que no puede ocurrir entre el juzgador y las partes envueltas en una controversia, puesto que la imparcialidad supone ser “la piedra angular que guíe nuestros razonamientos.” El problema es que las piedras angulares no guían. A menos que uno las arroje en una dirección particular. Pero eso no sería muy astuto puesto que la casa de piedra (o de ideas) se desplomaría. ¿O acaso me equivoco?

Perdón. Lo de la piedra angular no fue muy simpático. De hecho, podría dar la impresión de que lo estoy juzgando en lo que concierne su manejo del lenguaje. Y vamos, ¿quién soy yo para juzgar a nadie sobre ese particular? Y menos en este escrito, cuyo fin no es la objetividad, sino la simpatía. Y con simpatía no se puede adjudicar, no importa quiénes sean las partes en controversia. Algo así dice usted en la opinión. Lo único que le llama empatía. Es decir, la capacidad de colocarse en la situación de los demás. O como quien dice, ponerse en los zapatos del otro. Como yo en los suyos, Sr. Juez. Y al hacerlo me doy cuenta de que usted también padece de cierta confusión y/o desasosiego con las palabras, puesto que cuando quiere decir que la imparcialidad es fundamento de la adjudicación la arroja como una piedra cualquiera, erróneamente dictaminando que los y las jueces no deben ponerse en el lugar de las partes que le suplican remedio judicial. Determinación en extremo descabellada, considerando que la capacidad de abstraerse de sí para acoger la perspectiva del otro y mirar desde él o ella los asuntos propios de su mundo debe ser una estrategia valiosísima para lograr la mayor comprensión de esos asuntos; sobre todo si a uno le toca pasar juicio sobre los mismos. Pero, claro, yo no soy juez. Ni simpatizo con ellos.

*Lozada v. AEE 2012 TSPR 50, en las págs. 30-31

PrintFriendlyFacebookTwitterStumbleUponMySpaceBlogger PostLinkedInDeliciousShare/Bookmark
  • Gracias Guillermo. Me dejas pensando, pues también uno puede vincular la idea de la imparcialidad precisamente con ese ejercicio de reciprocidad que conlleva a ponerse en la posición del otro, considerarle y respetarle, aun cuando al final no estemos de acuerdo…

  • Excelente, Guillermo. No había imaginado mejores palabras, mejor forma, de descorrer el velo absurdo de equiparar ’empatía’ con ‘parcialidad’ y recurrir cómoda y falazmente al ideario de la imparcialidad como excusa para no escuchar al otro, para no intentar entenderlo, para no ponerse en sus zapatos para el ejercicio genuino de adjudicar una controversia. Descabellada idea esa, como señalas, que lamentablemente se ha convertido en una falsa verdad. Gracias. Salud!.