Teoría - TSPR

Sobre una infinidad de cosas, y la imparcialidad también

 “Es impostergable adjudicar con la imparcialidad acostumbrada,
pero con eficiencia y sensibilidad hacia las víctimas del crimen.”
Juez Martínez Torres, Los Jueces ante el Crimen
(http://www.elnuevodia.com/voz-losjuecesanteelcrimen-1168791.html)

“Ahora, tenemos que añadir que la imparcialidad debe ser la piedra angular
que guíe nuestros razonamientos, sin importar quiénes son las partes
ni la empatía que sus planteamientos nos provoquen.”
-Juez Martínez Torres, Lozada v. AEE 2012 TSPR 50 en las págs. 50-51

Si un juez debe ser imparcial o nada, mejor que sea nada. “Nada” somos las personas. Es decir, difíciles de reducir a una sola característica o cualidad total y totalizante. Lo cierto es que somos nada de nacimiento y por ello, hemos podido ser una infinidad de cosas desde entonces. Como, por ejemplo, en extremo parcializados. Cosa que podemos evitar en ocasiones. Al momento de adjudicar una controversia, por ejemplo. La cual seguro requiere que adoptemos una infinidad de características y cualidades (sensibilidad, empatía etc) y que por tanto evitemos otras (intolerancia, protagonismo extremo etc). Al menos mientras atendemos la misma.

Y es que aunque una persona bien podría ser juez de carrera, la adjudicación no deja de ser eminentemente situacional. El juez o la jueza entra a dirimir una controversia. Resuelve. Sale. Aparece en otra. Cada cual única en su especial concreción de hechos y partes. Por ende, no se suman controversias a una línea ininterrumpida de adjudicación. Más bien, las adjudicaciones son cortes que hace el juez o jueza en la larga línea de controversias públicas y privadas en la vida de una comunidad. De ahí que el juzgador irrumpa en cada controversia de manera brutal para acabar con ella. Cosa que debe hacer siendo nada. Es decir, albergando la posibilidad de ser una infinidad de cosas (sensible, empático , cauteloso etc.) y evitando ser otras (intolerante, protagónico, en extremo parcializado etc).

La imparcialidad, por tanto, no es ni debe ser el punto de partida único y verdadero para la adjudicación. Al contrario, se adjudica desde la nada; desde la perspectiva del sujeto que repentinamente interviene en los asuntos de otros con la facultad de decidir y resolverlos. Para lo cual, dependiendo del caso, necesitará ser compasivo y/o atento y/o tolerante y/o sensible y/o cauteloso y/o imparcial etc. en distintos grados.

El juez o jueza parte simultáneamente de una multiplicidad de puntos para atender una controversia y cada controversia requiere de puntos de partida particulares a ella. Fungir como juez entonces implica la capacidad de entrar de momento en una situación, reconocerla y asumir las cualidades más apropiadas para atenderla. No se trata por tanto de cómo X o Y situación pueda ser vista por el adjudicador, sino de cómo cada controversia exige del adjudicador una mirada distinta; una forma de ver que surja del mismo caso a verse. Porque la adjudicación, a fin de cuentas, no constituye la forma de ser de los y las jueces. Es simplemente la forma principalísima en que intervienen con nosotros y nosotras en lo personal. La forma en que tocan y/o trastocan nuestros asuntos. En ocasiones con nuestra anuencia. En ocasiones en nuestra contra. Pero siempre en un momento. Y siempre brutal.

Yo por eso prefiero que sean nada, antes de ser imparcial. Porque ante la infinidad de cosas que mi caso personal podría requerir de ellos y ellas, seguro necesitaré que las sean todas en mayor o menor grado. Y nada más.

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