Penal

En los países de ley y orden, 22 horas por reloj

Los familiares de los detenidos en el Cuartel de Río Piedras (Calle Georgetti #50) llegan al cuartel con bolsas de servicarro. Con abrigos. La retén de turno no deja pasar los abrigos. (Deja pasar el tiempo a duras penas). Lo único que funciona en el cuartel es el aire acondicionado. Y la celda. Las conversaciones entre los familiares de detenidos varios giran alrededor del frío que hace allá adentro, de cómo el guardia que intervino con el muchacho abusó del pobre muchacho, de cómo se confundió al hacer la orden en el servicarro y pidió el combo que no era, bendito. Hablan de fabricación de casos. Hablan de no dormir y de no saber a quién llamar. Hablan de que el muchacho no es un santo pero. Pero cuando los guardias la cogen con uno.
Los guardias siempre la cogen con alguien.
Con cualquiera.
Con más o menos los mismos la mayoría del tiempo.
El tiempo en el cuartel pasa bien lento.

Cuenta el fiador que su gran amigo—hoy policía retirado— allá para los tiempos de la mano dura, andaba con dos pistolas en un bulto en el baúl de la patrulla. Ambas pistolas tenían el número de serie borrado. Cuenta el fiador, además, que su pana—hoy ex policía, a quien recuerda con mucho cariño— guardaba junto con las pistolas en su bulto, unas bolsitas de perico y algunas cápsulas de crack. Cuenta el fiador, entre risas, que las razones para el bulto y su contenido, de acuerdo a su amigo del alma, eran varias:
“por si las moscas”
“por si alguien quiere joder conmigo”
“por eso de curarme en salud”
Comenta el fiador, al concluir su historia, “oye, es que ellos no la tienen fácil. Allá afuera no es como lo pintan acá en el tribunal.”

Si algo uno aprende en la sala de investigaciones del Centro Judicial de San Juan es que hay encubiertos en todas partes. Tienen cara de repartidores de periódicos, de piragüeros novatos en el Viejo San Juan, del hijo de la vecina, de estudiantes nocturnos, de aprendices de chef. Tienen cara de arrestados. Pero sonrientes. Si fuera aficionado al mar haría comentarios alusivos a la pesca de marlin e imaginaría las paredes de sus dormitorios cubiertas de fotos enmarcadas de ellos con sus respectivas “presas.” Mas no sé nada de la pesca. Sé que si te pilló un encubierto, seguro lo confundiste con tu compañero de clases en la Escuela de Estudios Técnicos. Según las estadísticas, seguro te habrás quitado a mitad de semestre. De ahí la confusión. Mas no tengo un buen manejo de la estadística. Reconozco algunas caras. El tipo que trajo a su hermano gemelo esposado reparte periódicos frente a mi lugar de trabajo.

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