¿Qué pasó en el L-2? Por: José Coss Charriez

Nota Editorial: A petición del estudiante de segundo año de la Escuela de Derecho de la UPR, José Coss Charriez, publicamos esta entrada de su autoría. La misma responde a un evento ocurrido en el día de hoy en la Escuela en ocasión del día de examen final del curso Teoría General del Derecho.

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¿Qué pasó en el L-2?

José Coss Charriez

19 de diciembre de 2016

Son los pequeños actos de valentía los que lanzan un efecto en cadena, así como un pequeño toque al primer dominó de una fila.

Nos repartieron el examen. Habían bolígrafos, lápices, marcadores y borra en las mesas del salón L-2 donde se impartiría el último documento evaluativo del semestre. Debo mencionar que lo que determina la nota en la Escuela de Derecho de la UPR es regularmente un solo examen en un periodo de seis meses. La nota… En una sociedad que busca homogenizar al sujeto, un sistema de calificar el conocimiento se percibe inminente para poder cumplir con un sistema de méritos. Para esto, el punto de partida es decir que nacemos con los mismos derechos y por ende tenemos un poder de decisión absoluta sobre nuestros actos y finalmente sobre nuestras vidas.

En ese contexto, la profesora dijo “pueden comenzar”, pero el verdadero examen no comenzaba ahí. Digo esto porque una joven compañera se levantó al podio y así, con una mirada seria pero nerviosa se dirigió al salón. Todos levantamos la mirada para escuchar a Gabrielle Thurin, quien nos impartiría el verdadero examen final. Thurin nos habló de lo precario e injusto que es tener un examen que determine nuestro conocimiento, un examen que nos califique y encaje en una mirada tradicional del sujeto estudiante. Será esta estudiante que dependiendo de una simple letra tendrá mayor o menor éxito en la vida, o mejor dicho, más o menos capital económico y todo lo que conlleva el mismo.

Las palabras de Thurin calaron en mis huesos, se me pararon los pelos y de momento sentí que estaba con ella ahí en el podio del L-2. Me sentí nervioso pues sabía que lo próximo sería un reto a la Academia, y así sucedió. Thurin declaró que ella no tomaría el examen, que asumía las consecuencias pero que en una clase de Teoría del Derecho en la cual se visualizó más de una vez al campo Jurídico como una élite, como un espacio cerrado en el cual se reproduce una jerarquía súper influyente en la sociedad; tomar un examen vencería el propósito. Thurin entregó su examen con apenas su número de estudiante en el papel, y así salió del salón. Así comenzó el verdadero examen, pues cada estudiante tendría una pugna interna tanto sobre el sistema de calificación y competencia, como sobre las consecuencias que tendría levantarse y dejar el examen en blanco.

Escuche la voz de mi amigo diciéndome “pues nos vamos”, mientras yo le afirmaba terminando de guardar mis bolígrafos en el bulto. Me sentía acelerado, con el vértigo necesario para lanzarse al vacío, el cual era el vacío correcto, de hecho dada las circunstancias era el único vacío. Salir del salón, fumarme un cigarrillo y compartir con las decenas de compañeros que voluntariamente entregaron el examen en blanco; fue el final de ese viaje, fue reafirmar y respaldar el acto de valentía de nuestra compañera.

¿Qué importa?

Hay formas de percibir lo que sucedió en el L-2. Por una parte, podría entenderse que el reto a la autoridad fue producto de un análisis de unas teorías particulares estudiadas en clase, por lo que el gesto fue la respuesta del examen en sí mismo. La otra forma es que fue una protesta evidente no solo al sistema de calificaciones, sino a la Academia. Partiendo de lo anterior, entendemos que por actos como éste se forjan nuevos retos tanto para la profesora como para la Academia. Me aventuro a analizarlos.

Sobre la profesora:

La profesora debe tomar una decisión sobre la calificación. Es inevitable pues su trabajo le exige registrar esas notas al sistema, así como dicta la Academia, hay que otorgarle un valor al conocimiento del estudiante con la finalidad de insertar un mejor o peor producto en el mercado (en este caso de abogados). ¿Cuáles serían las opciones? Tomando en consideración que unos pocos alumnos sí tomaron el examen, la profesora podría (1) someter al Registrador las notas de participación en clase y los trabajos entregados restando la calificación del examen, que bien podría resultar en la F de fracaso para muchos (en esta clase el examen final tiene un valor indeterminado según el prontuario); (2) considerar el valor del examen con un peso tal que al restarlo esa F sea automática para aquellos que abandonaron el salón; (3) también podría otorgarle incompletos como calificación de clase a éstos estudiantes; (4) o finalmente, podría entender que el peso simbólico que tiene el gesto de entregar un examen vacío, es una forma de expresión del conocimiento tan o más valida que el examen mismo.

Sobre la Academia:

Este acto de protesta podría tomar diferentes formas dependiendo de la existencia o inexistencia de una discusión al interior de la Academia, sobre el sistema de calificación y la reproducción jerarquizada de la educación legal. De haber una discusión vigente, esta protesta agudizará las posturas entre aquellos agentes jurídicos perpetuadores del sistema de calificación y a su vez entre los y las profesoras que entienden que la calificación obtenida en un examen son simples silogismos no representativos del conocimiento adquirido o dejado de adquirir por el estudiante.

La Academia podría despachar la situación en la cual más de cuarenta estudiantes entregaron en blanco un examen final, si se le afirma a la profesora la libertad de cátedra correspondiente, suponiendo que la entrega en blanco del examen era la contestación al examen en si mismo. De ser así, tendríamos poco de que hablar pues el discurso a partir del cual nace la protesta, habría sido sólo una contestación de examen perpetuando a su vez aquello a lo cual el mismo discurso le va en contra. Comprendo que la situación no fue así. Pienso que la acción genuina de la mayoría de las y los estudiantes que abandonaron el salón fue aquella de ser solidarios, no sólo con la persona que realizó el acto, sino con la idea que lo motivó. De ser así, la Academia tendría que atender el asunto.

No obstante, un acto aislado de protesta no bastaría para hacer un movimiento. La estructura que gobierna la Escuela de Derecho y las escuelas en general en Puerto Rico cuentan con años de imposición, hasta el punto de que el ciudadano la acepta, así como se acepta un contrato de adhesión. Precisamente es esto lo que nos provoca el titubeo al actuarle en contra a algo que está cementado, tanto cultural como socialmente. Sobre el sistema de calificación y de méritos en las escuelas, titubeamos pues el hecho de darle cara al sistema nos colocaría en una situación desfavorable en cuanto a nuestro futuro laboral, que podría repercutir en nuestras aspiraciones individuales. Se trata de una competencia insaciable donde el mínimo desliz puede colocarnos varios perfiles debajo de nuestros compañeros en la oficina del abogado reclutador. Por todo esto es que el acto de protesta tiene una connotación tan importante para el objeto de discusión, pero es vulnerable a perder su rumbo si no provoca algo más que la entrega de un examen vacío.

Sobre los estudiantes:

Entiendo que tras el discurso de Thurin, las y los estudiantes que la seguimos tuvimos diferentes razones para abandonar el salón. Propongo tres razonamientos posibles (1) se entendió que la verdadera respuesta al examen era aplicar algunas lecturas del tema de desobediencia civil, cuales proponían que a pesar de que la desobediencia civil acarrea unas consecuencias, la misma es fundamental para retar el estado de derecho; (2) se entendió que las circunstancias se prestaban para no tener que tomar un examen, sin prever mayores repercusiones; (3) se simpatizó con la idea que expresó la compañera, y se actuó genuinamente en solidaridad y en modo de protesta. Nos inclinamos a la tercera, pues esta razón fortalecería un cuestionamiento legítimo a la educación jurídica.

Entiendo que aún está por verse el resultado del efecto en cadena que comenzaron los actos de las y los estudiantes de derecho en el L-2, si se visualizan como actos de protesta. Es evidente que la protesta en sí conlleva un llamado al cambio y no podemos pecar de inocentes pensando que un cambio al estado de cosas sería uno fácil. Todo lo contrario, se percibe dificilísimo pues un cambio de tal magnitud no es posible sin que se proponga a su vez una reforma holística de la educación jurídica y la educación en general. Lo que hay que sostener es que este acto debe avivar la discusión, no sólo del sistema de educación sino de la profesión jurídica misma.

Érika Fontánez Torres

Érika Fontánez Torres es Catedrática de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Enseña los cursos de Derecho civil patrimonial y Teoría General del Derecho. Trabaja temas relacionados al Derecho y la Teoría Social y Política, la Sociología y la Teoría General del Derecho. Ha hecho investigación socio-jurídica aplicada a los temas de Propiedad, Género, Democracia y Medioambiente. Es abogada colaboradora de la Clínica de Asistencia Legal de la misma Escuela. Visita sus blogs Poder, Espacio y Ambiente y Observando al Derecho: Miradas desde la Teoría Social.