¿Es la cárcel una institución masculinista?

En la década de los ochenta, Catharine Mackinnon (1987) irrumpió en el mundo jurídico con la idea de que el Derecho es masculinista o, dicho de otra forma, que el Derecho está pensado desde la perspectiva de los hombres y responde a los intereses y necesidades de estos. De forma muy resumida, Mackinnon argumentaba que los principios neutrales y universales que subyacían el Derecho no eran realmente ni neutrales ni universales, al contrario, eran principios que respondían a una lógica androcéntrica de lo que debía ser el Derecho. En este sentido, el Derecho era una estructura más en donde se reproducía la subordinación de las mujeres. Bajo una denuncia similar, Katharine Bartlett (1990), una década después, lanzó un reto al mundo jurídico al proponer la pregunta por las mujeres, como una forma de pensar lo jurídico desde la experiencia particular de las mujeres. Ambos pronunciamientos pretendieron denunciar la forma en que las instituciones jurídicas reproducían las desigualdades entre hombres y mujeres. También buscaban reivindicar las experiencias de las mujeres como sujetas que históricamente habían sido invisibilizadas e ignoradas en la creación de esas instituciones. Todo ello me lleva a pensar en las instituciones sociales y políticas que hasta nuestros días continúan reproduciendo imaginarios, discursos y prácticas androcéntricas. En este contexto, me pregunto: ¿es la cárcel una institución masculinista? Dicho de otro modo: ¿son las cárceles reproductoras de una lógica masculina que invisibiliza, subordina y promueve una visión particular de las mujeres? En esta breve reflexión propongo algunas ideas para pensar en estas y en otras interrogantes.

Recuento histórico: instituciones para resocializar a las inadaptadas

Las primeras cárceles de mujeres fueron pensadas como instituciones para reformar y retornar a la mujer a su condición de dócil, sumisa, buena hija, buena esposa y buena madre. Estas instituciones fueron utilizadas para castigar a las mujeres rebeldes e inadaptadas que desobedecían las expectativas sociales de cómo debía ser y comportarse la buena mujer. En estas instituciones rigió una visión muy particular del rol de las mujeres en la sociedad.

En un principio, no existieron instituciones solo para mujeres, sino que las mujeres confinadas se encontraban cumpliendo las penas en cárceles de hombres. Aquí las mujeres eran víctimas de un ambiente hostil y de unas políticas carcelarias muy severas, pues se buscaba castigar a mujeres indisciplinadas que habían olvidado su lugar en la sociedad. (Feinman, 1980) Esta forma de tratar a las mujeres delincuentes continuó hasta el siglo XIX. Es entonces donde se crearon las primeras instituciones carcelarias solo para mujeres. Las mismas fueron administradas por grupos filantrópicos y religiosos. (Aguirre, 2009) En estas instituciones el cumplimiento de las penas fue complementado con una serie de trabajos y tareas “propias” de su sexo. Por lo que muchas veces eran enviadas a trabajar como empleadas domésticas en casas de personas pudientes. (Un buen ejemplo para observar esta práctica es la serie Alias Grace, basada en la novela del mismo nombre por Margaret Atwood).

A diferencia de las instituciones para hombres criminales, las instituciones solo para mujeres aplicaban una lógica menos punitiva. Al decir de Aguirre (2009): “las mujeres criminales necesitaban para regenerarse no tanto una estructura rígida y militarizada -como aquella que supuestamente existía en las penitenciarías de hombres-, sino de un ambiente amoroso y maternal”. Esta lógica menos punitiva no se debió a un intento humanista y reformador por cambiar el régimen carcelario de uno punitivo a uno más rehabilitador, sino a que las instituciones carcelarias de mujeres seguían sirviendo para  reformar a aquellas que representaban una amenaza para la familia y el orden social (patriarcal).

Del breve recuento histórico, ya se puede notar cómo las cárceles se fueron configurando en instituciones atravesadas por la misma lógica androcéntrica que atraviesa a otras instituciones. Como decía al principio, esta lógica menoscaba e invisibiliza las experiencias particulares de las mujeres.

Experiencia carcelaria de las mujeres

¿Cómo las políticas carcelarias pensadas desde el imaginario de la buena mujer afectan el funcionamiento de las cárceles de las mujeres? Esto es una interrogante de la cual no puedo -ni me atrevería- dar una respuesta abarcadora. Esta interrogante requeriría documentar y estudiar a profundidad la experiencia de las mujeres confinadas. Ahora bien, a través de diversos estudios y reportajes publicados podemos construir un panorama de la situación actual.

Hoy en día no existen muchos estudios etnográficos en cárceles de mujeres. Algunas de las razones podrían ser: que las mujeres han sido marginadas en el campo de la criminología (Durán Moreno, 2009),  pues no delinquen en la misma cantidad que los hombres; (Smart, 1976) segundo, que la criminología feminista -la cual busca incorporar el género como categoría de análisis- no forma parte de la criminología mainstream, (Simpson, 1989) y, tercero, las dificultades que existen hoy día para realizar estudios en prisión. (Wacquant, 2002) Esas dificultades se profundizan en las cárceles de mujeres por la escasez de las mismas, el lugar donde están localizadas y por las políticas administrativas que rigen en ellas.

No obstante, en la literatura que existe podemos identificar una serie de problemáticas en las cárceles de mujeres que no se dan en prisiones de hombres. Por ejemplo: protocolos de ingreso que no toman en consideración las particularidades de las mujeres ofensoras; la victimización sexual rampante; las políticas de custodia y funcionamiento  (registros, medidas disciplinaria, confinamiento solitario) que no están adaptadas a las vivencias de mujeres confinadas; la presencia de funcionarios varones en prisión (y su efecto sobre la privacidad e intimidad de las mujeres confinadas); servicios de salud inadecuados e inapropiados (servicios de ginecología, suplementos hormonales, productos de higiene menstrual); la escasez de tratamientos para mujeres confinadas con problemas psicológicos y psiquiátricos; la aplicación de programas educativos que refuerzan los roles de las buenas mujeres (domésticos, de cuidado, de limpieza, de belleza); la falta de una política de reconocimiento de los derechos sexuales; la distancia de las cárceles y las políticas de visita con familiares; el menoscabo de los derechos parentales; las prácticas discriminatorias en la concesión de permisos y salidas previas, entre otras. (Haft, 1980; Haley, 1980; Azaola, 1995; Moe, 2006; Richie, 2004; Blackburn, Mullings y Marquart, 2008; Kennedy, 2012; Law, 2009; Cunha, 2014; Rowe, 2016; Swavola, Riley y Subramanian, 2016; Crewe, Hulley y Wright, 2017; Colanzi, 2017).

Aunque algunas de estas problemáticas no son exclusivas de las cárceles de mujeres, sabemos, por los estudios antes citados, que tienen un efecto más profundo sobre las mujeres confinadas. De igual forma, en los pasados años se han reseñado en los medios de comunicación muchas de estas problemáticas: el incremento de mujeres confinadas; los atropellos y agresiones a mujeres confinadas; problemas de salud sexual; la invisibilización de las mujeres de la comunidad LGBTIQ; los problemas de salud mental que enfrentan y que son más profundos para las mujeres confinadas; las problemáticas particulares para las confinadas solteras que tienen hijos, y la violencia sexual en la población de mujeres confinadas.

Las mujeres confinadas en Puerto Rico

Según el último informe del Departamento de Corrección, en Puerto Rico hay 420 mujeres confinadas en distintas instituciones. (Complejo de Rehabilitación para Mujeres de Bayamón, Centro de Ingreso y Rehabilitación para Mujeres y Jóvenes Adultas en Salinas, Hogar Intermedio para Mujeres y en otras que no albergan una cantidad significativa de mujeres). La mayoría de ellas en las edades de 18 a 44 años, con hijos, con algún grado de educación básica y dependientes de alguna ayuda pública. Entre los delitos más frecuentes por los cuales están cumpliendo prisión se encuentran: delitos contra la propiedad, delitos por sustancias controladas, delitos contra la vida, violencia doméstica, delitos por armas, delitos por abusos a menores y delitos contra la integridad corporal. En el informe también se reporta un número considerable de confinadas con problemas de drogas, alcoholismo, historial de violencia de género, de problemas de salud, entre otros.

Uno de los obstáculos más notables para conocer las experiencias carcelarias en Puerto Rico es la escasez de estudios etnográficos en las cárceles de mujeres (y de hombres). El estudio más reciente es el Análisis del sistema correccional puertorriqueño: Modelos de rehabilitación, del año 2009. En dicho estudio, un grupo de profesoras y estudiantes realizaron entrevistas, grupos focales, visitas y observaciones a diferentes cárceles del país. Los hallazgos más relevantes relacionados con las mujeres confinadas fueron sobre las denuncias que hicieron sobre los servicios de salud, sobre tratamientos de alcohol y drogas, y sobre prácticas discriminatorias y sexistas en las políticas administración del Departamento de Corrección. El estudio también reportó que los programas y tratamientos del Departamento presentan una problemática adicional para las confinadas: “En cuanto a las mujeres, se ha señalado que la mayor parte de los programas tanto de trabajos como educativos y recreativos son estereotipados y que los hombres tienen más oportunidades que las mujeres en las instituciones correccionales”. (CDC, 2009, pág. 118)

Otra forma en que podemos conocer estas problemáticas  en el contexto de Puerto Rico es a través de las profesionales que han trabajado con la población confinada. Aquí podríamos destacar la reflexión de la Profesora Edna Benítez (2013) acerca de las premisas y discursos de género que se impulsan a través de los programas de rehabilitación del Departamento de Corrección. También son relevantes las reflexiones de los profesores que participan en el Proyecto para estudios universitarios para confinados y confinadas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Las reflexiones que las mujeres confinadas han publicado como parte de ese Proyecto también son demostrativas de estas problemáticas. Por mencionar algunas: Encadenada en el encierro que rehabilita de Omayra Torres Sánchez, en donde la autora problematiza el concepto de rehabilitación. Otras publicaciones están más relacionadas con derechos políticos de la población confinada: Una pequeña ventana, Pertenecemos, Perdemos más que la libertad y Nadie es perfecto. La más reciente ha sido por Sharelys López Pérez, Visitas no contacto, en donde la autora narra su experiencia como madre confinada. Estas reflexiones son lo más cercano que tenemos en la actualidad para conocer y documentar muchas de las problemáticas que mencioné en el apartado anterior. Por ello recomiendo una lectura detallada de las mismas.

Finalmente, quisiera destacar dos problemáticas adicionales que han recibido poca atención. En primer lugar, la inexistencia de una política de género e igualdad en el Departamento de Corrección. De los reglamentos publicados por el Departamento, se puede constatar que no se considera el género como una categoría para administrar las instituciones carcelarias de mujeres. En segundo lugar, es meritorio señalar el acceso desigual a los tribunales que enfrentan las mujeres confinadas. Lo cual se ve en la escasez de jurisprudencia sobre asuntos que aquejan específicamente a mujeres confinadas y por la desproporcionalidad de recursos presentados por parte de mujeres confinadas. (Matanzo y Fontánez, 2015) Esa desproporcionalidad no necesariamente se debe a que hay menos mujeres encarceladas, sino que podría deberse a la escasez de material jurídico en las cárceles de mujeres, a la falta de asesoría legal en la cárcel de mujeres, a un problema de acceso a la justicia o a la falta de perspectiva de género en la judicatura. Se necesitan investigaciones que profundicen sobre esto.

Hacia una reforma carcelaria feminista

En los últimos dos apartados, he intentado dibujar el panorama actual de las cárceles de mujeres. Como vimos, este panorama está repleto de una serie de problemáticas y dificultades que enfrentan diariamente las mujeres confinadas. Vemos que muchas de esas problemáticas surgen porque no se ha contado con las voces y experiencias de las mujeres confinadas para construir instituciones que atiendan las necesidades particulares de ellas. Al aplicar las políticas carcelarias sin una perspectiva de género, pensándolas para una población neutral y universal, lo que realmente se hace es invisibilizar aquellas experiencias, intereses y particularidades de las mujeres privadas de libertad. En este sentido, las políticas carcelarias están pensadas para un sujeto masculino y, por ende, profundizan los dilemas que enfrentan las mujeres en el contexto carcelario.

Por todo lo anterior, creo que es útil rescatar la propuesta de Bartlett, pero poniéndole el apellido de ‘confinadas’. Por lo que propongo reformular la pregunta para que ahora lea: ¿y las mujeres (confinadas)? Esto implica (re)pensar y (re)formular una serie de aspectos de política carcelaria para que desemboquen en la creación de acciones que remedien las problemáticas aquí descritas. Enmarcaría esas acciones en las siguientes recomendaciones: primero, al interior de los sectores feministas debemos reivindicar las denuncias que hacen las mujeres confinadas y procurar una reforma feminista carcelaria; segundo, desde la academia propulsar estudios en las cárceles de mujeres para documentar las experiencias carcelarias en el contexto puertorriqueño; tercero, acoger los estándares internacionales para las cárceles de mujeres que aparecen en las Reglas Mandela (2015), las Reglas de Bangkok (2010) y en el Manual de Mujeres y Encarcelamiento de las Naciones Unidas (2014); cuarto, promover legislaciones y medidas administrativas correccionales que cuenten con la participación de mujeres confinadas y de las expertas en estos temas; quinto, la creación de comités integrados por diversos sectores que propongan una reforma carcelaria con perspectiva de género y en clave feminista. Estas recomendaciones no excluyen la indelegable encomienda de seguir pensando en las propuestas abolicionistas; ya que, masculinista o no, la cárcel sigue siendo una institución caduca.

 

Referencias

Aguirre, C. (2009). Cárcel y sociedad en América Latina: 1800-1940. En Historia social urbana. Espacios y flujos, ed. Eduardo Kingman Garcés, 209-252. Quito: 50 años FLACSO.

Bartlett, K.T. (1990). Feminist legal methods. Harvard Law Review, 103 (4), 829-888.

Durán Moreno, L.M. (2009). Apuntes sobre criminología feminista. Revista Jurídica del Departamento de Derecho Academia de Derecho Administrativo, Tercera Época Año 2 (1).

Feinman, C. (1980). Women in the criminal justice system. New York: Praeger.

Mackinnon, C.A. (1987). Feminism unmodified. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Matanzo Vicéns, A. y Fontánez Torres, É. (2015). Apuntes breves sobre la educación jurídica en el contexto penitenciario de Puerto Rico. Recuperado de http://umbral.uprrp.edu/sites/default/files/jornada_-_ponencia_ana_matanzo_y_erika_fontanez_0.pdf.

Simpson, S.S. (1989). Feminist theory, crime and justice. Criminology, 27 (4), 605-631.

Smart, C. (1977). Women, crime, and criminology: a feminist critique. London Boston: Routledge & K. Paul.

Wacquant, L. (2002). The curious eclipse of prison ethnography in the age of mass incarceration. Ethnography3 (4), 371-397.

Las otras referencias se pueden acceder pulsando sobre las palabras en el texto.

Christian Ríos Vallejo

Es abogado. Está interesado en investigar temas como: el fenómeno carcelario, la violencia, el narcotráfico, la criminalidad, temas sobre género, cuerpo y sexualidad, y de Derecho Animal; desde una aproximación crítica y sociológica del Derecho.