Clases Vivas (por Sebastián Arroyo-Ignacio)

Entrada número 1 de la serie especial http://derechoalderecho.org/recinto292/

Por Sebastián Arroyo-Ignacio

La experiencia de compartir un curso de educación jurídica junto a estudiantes de bachillerato en el contexto penitenciario del Anexo 292 —aunque agridulce— ha sido bastante gratificante. Lo agrio de la cárcel es fácil de entender. Esta práctica de clasificar personas como sujetos criminales, tratarlos como un otro, como no-ciudadanos, no-personas, y encerrarles en jaulas es algo bastante bárbaro.

Adentrarnos en ese espacio desde afuera, sabiéndonos libres, y reunirnos a discutir temas jurídicos rechina en el oído. ¿Para qué? ¿Qué le va a interesar el Derecho a un grupo de estudiantes sentenciados a vivir cientos de años en confinamiento? —un sistema que les ha traicionado. Todo un sistema diseñado para controlar las cuerpas, para encerrarlas y someterlas a unos regímenes de obediencia o castigo. ¡Qué ejercicio más macabro este de pensar el Derecho desde el encierro!

Y nos dirigimos pues a pensar todos estos asuntos en ese espacio. Espacio que aparenta ser un tanto híbrido, supone ser la Universidad, aunque sigue siendo la cárcel. Son nuestros compañeres les únicos que piensan desde ese espacio. Nosotres transitamos este lugar todos los jueves en la mañana, pero son elles los que se quedan. Se quedan con el material de estudio, con las discusiones en clase, con las cadenas. Nosotres nos vamos a salvar el mundo.

Parece entonces un contrasentido afirmar que algo positivo ha surgido de nuestras visitas a la cárcel, pero así ha sido. En primer lugar, estoy en mi último semestre en la Escuela de Derecho y es la primera vez que visito una cárcel. En la Escuela pensamos y nos evalúan sobre los requisitos para encerrar a personas en la cárcel, pero nunca tenemos la oportunidad de ver las jaulas a donde les mandamos, ni de conocer a las personas que en ellas hacen el intento de vivir. Todavía no he visto una jaula en particular, pero todo en ese lugar expele jaula: concreto, barrotes, acero, cadenas, ruido, guardias. Por otro lado, he conocido un grupo de estudiantes con ganas de aprender, conversar y con un hambre voraz de lectura, que intentan vivir desde el confinamiento. Para la educación jurídica este encuentro debería ser la norma y no la excepción. Quizá así podemos desarrollar algo de sensibilidad en la enseñanza y en la práctica jurídica. Hasta el punto de que —algún día— lo obvio sea lo obvio y el confinamiento no sea una opción.

Foto: Chloé Georas

En segundo lugar —y de aplicación a la educación en general, no solo a la educación jurídica— en este proceso nos hemos esforzado en romper con una noción bancaria de la educación. Recuerdo cuando al principio del semestre no estaba seguro qué esperar del curso. Este curso suponía ser —así lo entendía al principio— un grupo de estudiantes de Derecho que junto a la Profesora íbamos a dictar un curso de Introducción al Derecho a un grupo de estudiantes de bachillerato, que además estaban confinados. Esta idea reproducía la noción hegemónica de la enseñanza que supone una jerarquía del saber donde hay una persona que posee todo el conocimiento —el profesor— y este va a depositar todo ese conocimiento en las personas que no conocen —los estudiantes. Ahora no recuerdo si en la primera reunión nos propusimos expresamente romper con esta forma de aprender. Me da la impresión de que tal discusión no fue necesaria porque había un consenso en cuanto a cómo proceder. La discusión inicial —y añadiría que a través de todo el proceso— fue más metodológica. ¿Cómo vamos a diseñar un curso que no partiera de las premisas tradicionales de enseñanza?

El elemento de participación vino a reemplazar el elemento de imposición característico de la enseñanza tradicional. De modo que a partir de las discusiones grupales —entre la Profesora, les estudiantes de Derecho y les estudiantes privados de su libertad— diseñamos colectivamente lo que sería el plan de trabajo para este semestre caóticamente interrumpido. Paulatinamente a través del semestre nos distribuimos los temas de modo que todes tuviéramos la oportunidad de exponer un tema y orientar, inicialmente, la discusión. Enfatizo ‘inicialmente’ porque los procesos participativos se caracterizan por ser orgánicos, son procesos vivos y, como tales, nunca es posible controlarlos del todo. Y así fueron las clases, eran clases vivas. Siempre había un plan, o varios planes, pero no siempre vale la pena interrumpir lo orgánico del encuentro para retomar una agenda preestablecida. Quizá por esto, algunes estudiantes del grupo afirmaban que nuestras reuniones no eran una clase. Todo un desastre educativo afirmarían algunos —claro está, desde una perspectiva jerárquica y unidireccional de la educación—, y a mucha honra lo acatamos. Lamentable la abrupta culminación del semestre pero, ¡qué mucho aprendimos!

mayo 2020.

Érika Fontánez Torres

Érika Fontánez Torres es Catedrática de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Enseña los cursos de Derecho civil patrimonial y Teoría General del Derecho. Trabaja temas relacionados al Derecho y la Teoría Social y Política, la Sociología y la Teoría General del Derecho. Ha hecho investigación socio-jurídica aplicada a los temas de Propiedad, Género, Democracia y Medioambiente. Es abogada colaboradora de la Clínica de Asistencia Legal de la misma Escuela. Visita sus blogs y Observando al Derecho: Miradas desde la Teoría Social.